El habitante de Londres podía encargar por teléfono, sorbiendo su té matutino en la cama, los diversos productos de la tierra entera, en la cantidad que tuviera a bien, y esperar razonablemente su pronta entrega en el umbral de su puerta; podía al mismo tiempo y por el mismo medio arriesgar su riqueza en los recursos naturales y las nuevas empresas de cualquier rincón del mundo, y participar, sin esfuerzo ni molestia alguna, en sus frutos y ventajas futuros; o podía decidir vincular la seguridad de su fortuna a la buena fe de los ciudadanos de cualquier municipio importante de cualquier continente que la fantasía o la información le sugirieran.
Podría asegurarse al instante, si así lo desease, un medio de transporte barato y cómodo a cualquier país o clima, sin pasaporte ni otra formalidad, podría despachar a su criado a la oficina vecina de un banco en busca de la provisión de metales preciosos que le pareciera conveniente, y podría luego marchar al extranjero a parajes remotos, sin conocimiento de su religión, lengua o costumbres, portando riquezas acuñadas sobre su persona, y se consideraría gravemente agraviado y muy sorprendido ante la más mínima interferencia.
Pero, lo más importante de todo, consideraba este estado de cosas como normal, seguro y permanente, salvo en lo que respecta a una mejora continuada, y cualquier desviación del mismo como aberrante, escandalosa y evitable.
Los proyectos y las políticas del militarismo y del imperialismo, de las rivalidades raciales y culturales, de los monopolios, las restricciones y la exclusión, que debían desempeñar el papel de serpiente en este paraíso, eran poco más que las distracciones de su periódico matutino, y parecían no ejercer casi ninguna influencia en absoluto sobre el curso ordinario de la vida social y económica, cuya internacionalización era casi completa en la práctica.