el desarrollo de los nuevos recursos de alimentación, materias primas y transporte, al tiempo que permitió al Viejo Mundo asegurarse una participación en la riqueza natural y las potencialidades vírgenes del Nuevo Mundo. Este último factor llegó a adquirir una importancia inmensa. El Viejo Mundo empleó con una prudencia inmensa el tributo anual que así tenía derecho a percibir. El beneficio de los suministros baratos y abundantes derivados de los nuevos desarrollos que su capital excedente había hecho posible fue, a decir verdad, disfrutado y no pospuesto. Pero la mayor parte de los intereses monetarios devengados por estas inversiones extranjeras fue reinvertida y dejada acumular, como reserva (según se esperaba entonces) contra el día menos propicio en que la mano de obra industrial de Europa ya no pudiera comprar en condiciones tan favorables los productos de otros continentes, y en que el debido equilibrio se viera amenazado entre sus civilizaciones históricas y las razas en multiplicación de otros climas y entornos. Así, el conjunto de las razas europeas tendió a beneficiarse por igual del desarrollo de los nuevos recursos, ya fuera que cultivaran su civilización en la metrópoli o se aventuraran con ella en el extranjero.
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Europa antes de la guerra
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