el pastel no se cortara, sino que se le permitiera crecer en la proporción geométrica predicha por Malthus respecto a la población —pero no menos cierta en el caso del interés compuesto—, tal vez llegaría un día en que por fin habría suficiente para todos y en el que la posteridad podría disfrutar del fruto de nuestros esfuerzos. En ese día habrían llegado a su fin el exceso de trabajo, el hacinamiento y la desnutrición, y los hombres, seguros de las comodidades y necesidades del cuerpo, podrían avanzar hacia los ejercicios más nobles de sus facultades. Una razón geométrica podría anular a la otra, y el siglo XIX pudo olvidar la fecundidad de la especie al contemplar las vertiginosas virtudes del interés compuesto.
Había dos trampas en esta perspectiva:
- no fuera que, al seguir rebasando la población a la acumulación, nuestras privaciones promovieran no la felicidad sino la cantidad;
- y no fuera que el pastel acabara por consumirse, prematuramente, en la guerra, el consumidor de todas estas esperanzas.