su estructura social e industrial. Algunos de nosotros podemos acoger con satisfacción tales perspectivas y otros podemos lamentarlas. Pero son de una índole completamente distinta a las que se avecinan en Europa. No vislumbro en Inglaterra la más mínima posibilidad de catástrofe ni probabilidad seria alguna de una conmoción general de la sociedad.
La guerra nos ha empobrecido, pero no gravemente; —juzgaría que la riqueza real del país en 1919 es al menos igual a la que era en 1900. Nuestra balanza comercial es desfavorable, pero no tanto como para que su reajuste deba desorganizar nuestra vida económica.160
El déficit de nuestro presupuesto es cuantioso, pero no supera lo que una política firme y prudente podría subsanar.
La reducción de las horas de jornada laboral puede haber disminuido algo nuestra productividad. Pero no es pedir demasiado esperar que esto sea un rasgo de transición, y nadie que conozca al obrero británico puede dudar de que, si le conviene, y si está en sintonía y con un contentamiento razonable respecto a las condiciones de su vida, puede producir al menos tanto en una jornada laboral más corta como lo hacía en las horas más largas que prevalecían anteriormente.
Los problemas más graves de Inglaterra se han agudizado por la guerra, pero tienen un origen más fundamental. Las fuerzas del siglo XIX han agotado su curso. Los motivos e ideales económicos de aquella generación ya no nos satisfacen: debemos encontrar un nuevo camino y sufrir nuevamente el malestar, y finalmente los dolores, de un nuevo nacimiento industrial. Este es un elemento. El otro es aquel en el que me he explayado en el Capítulo II; —el aumento en el costo real de los alimentos y la menguante respuesta de la naturaleza a cualquier incremento adicional en la población del mundo, una tendencia que debe ser especialmente perjudicial para el mayor de todos los países industriales y el más dependiente de suministros importados de alimentos.