Es difícil conservar una perspectiva verdadera en los grandes asuntos. He criticado la labor de París y he pintado con colores sombríos la situación y las perspectivas de Europa. Este es un aspecto de la situación y, a mi juicio, uno verdadero.
Pero en un fenómeno tan complejo los pronósticos no apuntan todos en la misma dirección; y podemos cometer el error de esperar que las consecuencias se deriven con demasiada rapidez y demasiada inevitabilidad de lo que tal vez no son todas las causas relevantes.
La negrura de la perspectiva misma nos lleva a dudar de su exactitud; nuestra imaginación se ve embotada en lugar de estimulada por una narración demasiado penosa, y nuestras mentes se rebelan ante lo que se siente «demasiado malo para ser verdad».
Pero antes de que el lector se deje influir en exceso por estas naturales reflexiones, y antes de que yo le conduzca, tal como es la intención de este capítulo, hacia los remedios y las mejoras y el descubrimiento de tendencias más felices, que restablezca el equilibrio de su pensamiento recordando dos contrastes: Inglaterra y Rusia, de los cuales el primero quizá aliente demasiado su optimismo, pero el segundo debe recordarle que las catástrofes aún pueden ocurrir y que la sociedad moderna no es inmune a los mayores males.
En los capítulos de este libro no he tenido presente en general la situación o los problemas de Inglaterra. «Europa» en mi narración debe interpretarse por lo general excluyendo las Islas Británicas. Inglaterra se encuentra en un estado de transición y sus problemas económicos son graves. Podemos estar en vísperas de grandes cambios en