espectáculo de esta reordenación arbitraria de las riquezas atenta no solo contra la seguridad, sino contra la confianza en la equidad de la distribución existente de la riqueza. Aquellos a quienes el sistema les depara ganancias inesperadas, más allá de sus méritos e incluso de sus expectativas o deseos, se convierten en «especuladores», que son objeto del odio de la burguesía, a la que el inflacionismo ha empobrecido, ni más ni menos que del proletariado. A medida que la inflación avanza y el valor real de la moneda fluctúa violentamente de mes en mes, todas las relaciones permanentes entre deudores y acreedores, que constituyen el cimiento último del capitalismo, se desorganizan tanto que pierden casi todo significado; y el proceso de obtención de riqueza degenera en un juego de azar y en una lotería.
Lenin tenía ciertamente razón. No hay medio más sutil ni más seguro para socavar las bases existentes de la sociedad que corromper la moneda.
El proceso pone en marcha todas las fuerzas ocultas de la ley económica del lado de la destrucción, y lo hace de una manera que ni uno solo de entre un millón es capaz de diagnosticar.
En las últimas etapas de la guerra, todos los gobiernos beligerantes practicaron, por necesidad o incompetencia, lo que un bolchevique podría haber hecho por premeditación. Incluso ahora, terminada la guerra, la mayoría de ellos continúa por debilidad con las mismas malas prácticas.
Pero además, los Gobiernos de Europa, siendo muchos de ellos en este momento tan imprudentes en sus métodos como débiles, buscan dirigir hacia una clase conocida como «especuladores» la indignación popular contra las consecuencias más evidentes de sus viciosos métodos. Estos «especuladores» son, en términos generales, la clase empresarial de capitalistas, es decir, el elemento activo y constructivo de toda la sociedad