El argumento apunta, pues, a la sustentación de aquellas fuerzas moderadas de orden que, con cierta sorpresa para el mundo, aún se las arreglan para mantenerse sobre la roca del carácter alemán.
Pero el actual Gobierno de Alemania representa la unidad alemana tal vez más que cualquier otra cosa; la firma de la Paz fue, sobre todo, el precio que algunos alemanes consideraron que valía la pena pagar por la unidad, que era todo lo que les quedaba de 1870.
Por tanto París, con algunas esperanzas de desintegración al otro lado del Rin aún no extinguidas, no puede resistir ninguna oportunidad de insulto o indignación, ninguna ocasión de mermar el prestigio o debilitar la influencia de un Gobierno con cuya estabilidad continua se hallan, sin embargo, vinculados todos los intereses conservadores de Europa.
El mismo dilema afecta al futuro de Polonia en el papel que Francia le ha asignado. Debe ser fuerte, católica, militarista y fiel, la consorte, o al menos la favorita, de la Francia victoriosa, próspera y magnífica entre las cenizas de Rusia y la ruina de Alemania. Rumanía, si tan solo se la pudiera persuadir de mantener un poco más las apariencias, forma parte de esa misma concepción descabellada. Sin embargo, a menos que sus grandes vecinos sean prósperos y ordenados,