En la crisis de su fortuna, el Presidente era un hombre solitario. Atrapado en las redes del Viejo Mundo, necesitaba desesperadamente simpatía, apoyo moral y el entusiasmo de las masas.
Pero sepultado en la Conferencia, sofocado en la atmósfera calurosa y envenenada de París, ningún eco le llegaba del mundo exterior, ni ningún latido de pasión, simpatía o aliento por parte de sus silenciosos electores en todos los países.
Sentía que el fulgor de popularidad que había saludado su llegada a Europa ya se había desvanecido; la prensa de París se burlaba de él abiertamente; sus oponentes políticos en su país aprovechaban su ausencia para crear un ambiente en su contra; Inglaterra se mostraba fría, crítica e indiferente.
Había formado su entourage de tal manera que no recibía a través de canales privados la corriente de fe y entusiasmo cuyas fuentes públicas parecían estancadas. Necesitaba, pero le faltaba, la fuerza añadida de la fe colectiva.
El terror alemán todavía se cernía sobre nosotros, y hasta el público comprensivo era muy cauteloso; no había que animar al enemigo, había que apoyar a nuestros amigos, no era el momento para la discordia ni la agitación, había que confiar en que el Presidente haría lo mejor.
Y en esta sequía, la flor de la fe del Presidente se marchitó y se secó.
Así sucedió que el Presidente revocó la orden dada al George Washington —el cual, en un momento de justificada ira, había mandado alistar para que lo sacara de los traicioneros salones de París de regreso al centro de su autoridad, donde de nuevo se habría sentido dueño de sí mismo—. Pero tan pronto como, ay, hubo tomado el camino del compromiso, los defectos ya señalados de su temperamento y de su preparación se hicieron fatales y patentes.