posible por sí sola el desarrollo de las industrias siderúrgica, química y eléctrica que la consagraron como la primera nación industrial de la Europa continental. Una tercera parte de la población alemana vive en ciudades de más de 20.000 habitantes, una concentración industrial que solo es posible sobre una base de carbón y hierro. Al atentar, por tanto, contra su suministro de carbón, los políticos franceses no erraban el blanco. Es solo la extrema desmesura, y de hecho la imposibilidad técnica, de las exigencias del Tratado lo que tal vez salve la situación a la larga.
(1) El Tratado ataca el suministro de carbón de Alemania de cuatro maneras:—
(i.) «Como compensación por la destrucción de las minas de carbón en el norte de Francia, y como pago parcial de la reparación total debida por Alemania por los daños resultantes de la guerra, Alemania cede a Francia en plena y absoluta propiedad, con derechos exclusivos de explotación, libres de cargas y exentas de todas las deudas y gravámenes de cualquier clase, las minas de carbón situadas en la cuenca del Sarre».36
Si bien la administración de este distrito se confía durante quince años a la Sociedad de Naciones, debe observarse que las minas se ceden a Francia de forma absoluta. Quince años después, la población del distrito será convocada a indicar mediante plebiscito sus deseos respecto a la futura soberanía del territorio; y, en el caso de que opten por la unión con Alemania, esta tendrá derecho a recomprar las minas a un precio pagadero en oro.37
El juicio del mundo ya ha reconocido la transacción del Sarre como un acto de expoliación e insinceridad. En lo que concierne a la indemnización por la destrucción de las minas de carbón francesas, esta está prevista, como veremos en un momento, en otra parte del Tratado.