Una victoria del espartaquismo en Alemania bien podría ser el preludio de una revolución en todas partes: renovaría las fuerzas del bolchevismo en Rusia y precipitaría la temida unión de Alemania y Rusia; sin duda, pondría fin a cualquier expectativa cifrada en las cláusulas financieras y económicas del Tratado de Paz. Por consiguiente, París no ama a Espartaco.
Pero, por otra parte, una victoria de la reacción en Alemania sería considerada por todos como una amenaza a la seguridad de Europa, y como un peligro para los frutos de la victoria y las bases de la Paz.
Además, un nuevo poder militar que se estableciera en el Oriente, con su hogar espiritual en Brandeburgo, atrayendo hacia sí todo el talento militar y todos los aventureros militares, a todos aquellos que añoran a los emperadores y odian la democracia, en toda la Europa oriental, central y sudoriental, un poder que sería geográficamente inaccesible para las fuerzas militares de los Aliados, bien podría fundar, al menos en las previsiones de los tímidos, una nueva dominación napoleónica, emergiendo, como un fénix, de las cenizas del militarismo cosmopolita.
Así pues, París no osa amar a Brandeburgo.