Rusia europea aumentó su población en un grado incluso mayor que el de Alemania —de menos de 100.000.000 en 1890 a unos 150.000.000 al estallar la guerra;3 y en el año inmediatamente anterior a 1914 el exceso de nacimientos sobre defunciones en el conjunto de Rusia alcanzó la prodigiosa cifra de dos millones anuales.
Este desmedido crecimiento de la población rusa, que no ha sido ampliamente advertido en Inglaterra, ha constituido no obstante uno de los hechos más significativos de los últimos años.
Los grandes acontecimientos de la historia se deben a menudo a cambios seculares en el crecimiento de la población y a otras causas económicas fundamentales que, al escapar por su carácter gradual a la atención de los observadores contemporáneos, se atribuyen a las necedades de los hombres de Estado o al fanatismo de los ateos. Así, los extraordinarios sucesos de los dos últimos años en Rusia —esa vasta conmoción de la sociedad que ha trastocado lo que parecía más estable: la religión, la base de la propiedad, la titularidad de la tierra, así como las formas de gobierno y la jerarquía de las clases— quizás deban más a las profundas influencias del aumento demográfico que a Lenin o a Nicolás; y es posible que los poderes disgregadores de una fecundidad nacional excesiva hayan desempeñado un papel mayor en la ruptura de