Por esta razón, la cuestión de las deudas interaliadas está estrechamente ligada al intenso sentimiento popular entre los Aliados europeos respecto al tema de las indemnizaciones; un sentimiento que se basa, no en un cálculo razonable de lo que Alemania puede pagar en realidad, sino en una apreciación bien fundada de la insostenible situación financiera en la que estos países se encontrarán a menos que ella pague.
Tomemos a Italia como un ejemplo extremo. Si de Italia puede esperarse razonablemente que pague $4,000,000,000, seguramente Alemania puede y debe pagar una cifra inconmensurablemente mayor.
O si se decide (como debe ser) que Austria casi no puede pagar nada, ¿no es acaso una conclusión intolerable que se cargue a Italia con un tributo aplastante, mientras Austria escapa?
O, dicho de manera ligeramente distinta, ¿cómo se puede esperar que Italia se someta al pago de esta gran suma y vea a Checoslovaquia pagar poco o nada?
En el otro extremo de la escala se encuentra el Reino Unido. Aquí la situación financiera es diferente, ya que pedirnos que paguemos $4.000.000.000 es una propuesta muy distinta a pedirle a Italia que lo pague. Pero el sentimiento es muy similar.
Si tenemos que conformarnos sin una indemnización plena por parte de Alemania, ¡cuán amargas serán las protestas contra el pago a los Estados Unidos! Nosotros, se dirá, tenemos que contentarnos con una reclamación contra las haciendas en bancarrota de Alemania, Francia, Italia y Rusia, mientras que los Estados Unidos se han asegurado una primera hipoteca sobre nosotros.