Al someter el sistema fluvial de Alemania a control extranjero, el Tratado habla de declarar internacionales aquellos «sistemas fluviales que de manera natural proporcionan a más de un Estado acceso al mar, con o sin transbordo de una embarcación a otra».
Tales ejemplos podrían multiplicarse. El propósito honesto e inteligible de la política francesa, limitar la población de Alemania y debilitar su sistema económico, se reviste, por consideración al Presidente, con el augusto lenguaje de la libertad y la igualdad internacional.
Pero quizá el momento más decisivo, en la desintegración de la postura moral del Presidente y el oscurecimiento de su mente, fue cuando al fin, para consternación de sus asesores, se dejó persuadir de que los gastos de los Gobiernos Aliados en pensiones y subsidios familiares podían considerarse justamente como «daños causados a la población civil de las Potencias Aliadas y Asociadas por la agresión alemana por tierra, por mar y desde el aire», en un sentido en el que los otros gastos de la guerra no podían considerarse así.
Fue una larga lucha teológica en la que, tras el rechazo de muchos argumentos diferentes, el Presidente acabó capitulando ante una obra maestra del arte sofista.
Por fin la obra había concluido; y la conciencia del Presidente seguía intacta.
A pesar de todo, creo que su temperamento le permitió abandonar París siendo un hombre verdaderamente sincero; y es probable que hasta el día de hoy esté genuinamente convencido de que el Tratado no contiene prácticamente nada incompatible con sus declaraciones anteriores.