europeos, que «todos los aliados europeos han aceptado el principio de que las Potencias Centrales deben pagar el coste de la guerra hasta el límite de su capacidad».
Pero faltaba ya poco más de una semana para el día de las elecciones, y todavía no había dicho lo suficiente como para satisfacer los apetitos del momento. El 8 de diciembre, el Times, proporcionando como de costumbre un barniz de aparente decoro para la menor contención de sus asociados, declaró en un editorial titulado «Hacer pagar a Alemania» que «el público seguía desconcertado por las diversas declaraciones del primer ministro».
«Hay demasiada sospecha —añadían— de influencias empeñadas en tratar con indulgencia a los alemanes, cuando el único motivo posible para determinar su capacidad de pago deben ser los intereses de los Aliados».
«Es el candidato que aborda los problemas de hoy —escribió su corresponsal político—, el que adopta la frase del señor Barnes sobre "ahorcar al káiser" y aboga rotundamente por el pago del coste de la guerra por parte de Alemania, quien entusiasma a su auditorio y toca las teclas que suscitan mayor respuesta».
El 9 de diciembre, en el Queen's Hall, el primer ministro evitó el asunto. Pero a partir de entonces, el libertinaje de pensamiento y palabra avanzó hora tras hora. El espectáculo más grosero fue ofrecido por Sir Eric Geddes en el Guildhall de Cambridge. Un discurso anterior en el que, en un momento de imprudente franqueza, había puesto en duda la posibilidad de extraer a Alemania todo el coste de la guerra había sido objeto de graves sospechas, y por lo tanto tenía una reputación que recuperar. > «Le sacaremos todo lo que se le puede exprimir a un limón y un poco más», exclamó el penitente,