Este capítulo debe ser de pesimismo. El Tratado no incluye ninguna disposición para la rehabilitación económica de Europa; nada para convertir a los Imperios Centrales derrotados en buenos vecinos, nada para estabilizar los nuevos Estados de Europa, nada para readaptar a Rusia; ni promueve de ninguna manera un pacto de solidaridad económica entre los propios Aliados; no se llegó a ningún acuerdo en París para restaurar las finanzas desordenadas de Francia e Italia, ni para ajustar los sistemas del Viejo Mundo y del Nuevo.
El Consejo de los Cuatro no prestó atención a estas cuestiones, ya que estaba ocupado en otras: Clemenceau en aplastar la vida económica de su enemigo, Lloyd George en cerrar un trato y traer a casa algo que pudiera pasar el corte por una semana, el Presidente en no hacer nada que no fuera justo y correcto.
Es un hecho extraordinario que los problemas económicos fundamentales de una Europa hambrienta y en desintegración ante sus ojos, fueran la única cuestión en la que era imposible despertar el interés de los Cuatro. La reparación fue su principal incursión en el terreno económico, y la resolvieron como un problema de teología, de politiquería, de chanchullo electoral, desde todos los puntos de vista excepto el del futuro económico de los Estados cuyos destinos estaban manejando.
Dejo, a partir de este momento, París, la Conferencia y el Tratado, para considerar brevemente la situación actual de Europa, tal como la guerra y la paz la han configurado; y ya no formará parte de mi propósito distinguir entre los frutos inevitables de la guerra y las desgracias evitables de la paz.