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nydus/The Economic Consequences of the PeacePublic
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La Conferencia

partidistas, y ¿quién podía asegurar que el triunfo recaería en la justicia dentro de una lucha que ciertamente no iba a decidirse por sus méritos? Además, cualquier ruptura abierta con sus colegas atraería sin duda sobre su cabeza las pasiones ciegas del resentimiento «antigermano» de las que todavía se hallaba inspirado el público de todos los países aliados. No escucharían sus argumentos. No tendrían la ecuanimidad necesaria para tratar el asunto como una cuestión de moralidad internacional o del correcto gobierno de Europa. El grito unánime sería simplemente que, por motivos diversos, siniestros y egoístas, el Presidente deseaba «dejar escapar al huno». Se podía prever la voz casi unánime de la prensa francesa y británica. Así pues, si lanzaba el guante públicamente, corría el riesgo de ser derrotado. Y si era derrotado, ¿acaso la Paz definitiva no sería mucho peor que si conservaba su prestigio y se esforzaba por hacerla tan buena como se lo permitieran las condiciones limitantes de la política europea?

Pero sobre todo, si era derrotado, ¿no perdería la Sociedad de Naciones? ¿Y no era esta, al fin y al cabo, la cuestión de lejos más importante para la futura felicidad del mundo?

El Tratado sería alterado y suavizado por el tiempo. Mucho de lo que ahora parecía tan vital se volvería insignificante, y mucho de lo que era impracticable, por esa misma razón, nunca llegaría a suceder.

Pero la Sociedad, aun en una forma imperfecta, era permanente; era el primer comienzo de un nuevo principio en el gobierno del mundo; la Verdad y la Justicia en las relaciones internacionales no podían establecerse en unos pocos meses; debían nacer a su debido tiempo mediante la lenta gestación de la Sociedad.

Clemenceau había sido lo suficientemente astuto como para dejar ver que se tragaría la Sociedad a cambio de un precio.

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