Los hechos esenciales de la situación, tal como yo los veo, se expresan con sencillez.
Europa consiste en la concentración de población más densa de la historia del mundo. Esta población está acostumbrada a un nivel de vida relativamente alto, en el cual, incluso ahora, algunos sectores de ella anticipan una mejora en lugar de un deterioro.
En relación con otros continentes, Europa no es autosuficiente; en particular, no puede alimentarse a sí misma.
Internamente la población no está distribuida de manera uniforme, sino que gran parte de ella se aglomera en un número relativamente pequeño de densos centros industriales.
Esta población se aseguró un sustento antes de la guerra, sin un gran margen de excedente, por medio de una organización delicada e inmensamente complicada, cuyas bases se sostenían en el carbón, el hierro, el transporte y un suministro ininterrumpido de alimentos y materias primas importados de otros continentes.
Mediante la destrucción de esta organización y la interrupción del flujo de suministros, una parte de esta población se ve privada de sus medios de subsistencia.
La emigración no está abierta al excedente superfluo. Pues llevaría años transportarlos al ultramar, incluso en el caso, que no lo es, de que pudieran encontrarse países dispuestos a recibirlos. El peligro que tenemos ante nosotros es, por tanto, la rápida depresión del nivel de vida de las poblaciones europeas hasta un punto que significará la inanición real para algunos (un punto ya alcanzado en Rusia y aproximadamente alcanzado en Austria).
Los hombres no siempre morirán calladamente. Porque el hambre, que a unos sumerge en el letargo y en una desesperación desvalida, empuja a