Pero la obra era demasiado perfecta, y a esto se debió el último y trágico episodio del drama. La réplica de Brockdorff-Rantzau adoptó inevitablemente la línea de que Alemania había depuesto las armas sobre la base de ciertas garantías, y de que el Tratado, en muchos aspectos, no era coherente con dichas garantías.
Pero esto era exactamente lo que el Presidente no podía admitir; en el sudor de la contemplación solitaria y con plegarias a Dios, no había hecho nada que no fuera justo y recto; para que el Presidente admitiera que la respuesta alemana tenía fundamento era necesario destruir su propio respeto y perturbar el equilibrio interior de su alma; y cada instinto de su naturaleza obstinada se rebeló en su propia defensa.
En el lenguaje de la psicología médica, sugerir al Presidente que el Tratado constituía un abandono de sus declaraciones públicas equivalía a tocar un complejo freudiano en carne viva. Era un tema intolerable de discutir, y todos los instintos subconscientes conspiraron para impedir que se siguiera explorando.
Así fue como Clemenceau llevó al éxito lo que había parecido, pocos meses antes, la extraordinaria e imposible propuesta de que no se escuchara a los alemanes. Si tan solo el presidente no hubiera sido tan concienzudo, si tan solo no se hubiera ocultado a sí mismo lo que había estado haciendo, incluso en el último momento se habría hallado en posición de recuperar el terreno perdido y de alcanzar éxitos muy considerables. Pero el presidente era inflexible. Sus brazos y piernas habían sido colocados por los cirujanos en una postura determinada, y debían ser rotos de nuevo antes de poder ser modificados. Para su horror, el señor Lloyd George, deseando en el último momento toda la moderación de la que se atrevía, descubrió que no podía en cinco días persuadir al presidente de su error en aquello que le había tomado cinco meses demostrarle que era justo y correcto.