―Este sujeto tiene herejía en su ensayo.
Se hizo un silencio en la clase. El señor Tate no lo rompió, sino que metió la mano entre los muslos mientras su lino fuertemente almidonado crujía alrededor de su cuello y sus muñecas. Stephen no levantó la vista. Era una mañana cruda de primavera y sus ojos aún arrojaban picor y debilidad. Tenía conciencia del fracaso y del descubrimiento, de la sordidez de su propia mente y de su hogar, y sentía contra su cuello el borde áspero de su cuello vuelto y mellado.
Una corta y sonora risa del señor Tate hizo que la clase se sintiera más relajada.
―Quizás no sabías eso, dijo.
―¿Dónde? preguntó Stephen.
El señor Tate retiró su mano intrusa y desplegó el ensayo.
―Toma. Trata sobre el Creador y el alma.
Rrm … rrm … rrm … ¡Ah! sin la menor posibilidad de acercarse jamás. Eso es una herejía.
Stephen murmuró:
—Quise decir sin la menor posibilidad de llegar jamás.
Era una entrega y el señor Tate, apaciguado, dobló el ensayo y se lo devolvió, diciendo:
―O… ¡Ah! Siempre aspirando a más. Esa es otra historia.
Pero la clase no se calmó tan pronto. Aunque nadie le habló del asunto después de la clase, podía sentir en torno a él una vaga alegría general y maligna.