plataforma sobre los escalones y fue consciente de la caricia del apacible aire vespertino. Hacia la iglesia de Findlater un cuarteto de jóvenes caminaba a grandes zancadas con los brazos entrelazados, balanceando las cabezas y marcando el paso al son de la ágil melodía de la concertina de su líder. La música pasó en un instante, como lo hacían siempre los primeros compases de una música repentina, sobre los fantásticos tejidos de su mente, disolviéndolos sin dolor y sin ruido del mismo modo que una ola repentina disuelve las torrecillas de arena de los niños. Sonriendo ante la música trivial, alzó los ojos hacia el rostro del sacerdote y, al ver en él un reflejo sin alegría del día hundido, retiró lentamente la mano, que había accedido débilmente a aquella compañía.
Al bajar los escalones, la impresión que borró su atribulado soliloquio fue la de una máscara sin alegría que reflejaba un día hundido desde el umbral del colegio.
La sombra, pues, de la vida del colegio pasó gravemente por su conciencia. Era una vida grave, ordenada y sin pasiones la que le aguardaba, una vida sin preocupaciones materiales. Se preguntaba cómo pasaría la primera noche en el noviciado y con qué consternación se despertaría la primera mañana en el dormitorio.
El olor turbador de los largos pasillos de Clongowes volvió a él y oyó el murmullo discreto de las llamas de gas encendidas. Al punto, desde todas partes de su ser, la inquietud empezó a irradiar. Un aceleramiento febril de sus pulsos le siguió, y un estrépito de palabras sin sentido zarandeó sus pensamientos racionales de aquí para allá de forma confusa. Sus pulmones se dilataban y se hundían como si estuviera inhalando un aire cálido, húmedo e insustancial, y volvió a oler el aire húmedo y cálido que flotaba en el baño de Clongowes por encima del agua cenagosa del color de la turba.