El domingo estaba dedicado al misterio de la Santísima Trinidad, el lunes al Espíritu Santo, el martes a los Ángeles de la Guarda, el miércoles a san José, el jueves al Santísimo Sacramento del Altar, el viernes a Jesús sufriente, el sábado a la Santísima Virgen María.
Todas las mañanas se santificaba de nuevo ante alguna imagen o misterio sagrado.
Su jornada comenzaba con un ofrecimiento heroico de cada uno de sus momentos de pensamiento o acción por las intenciones del soberano pontífice y con una misa matutina.
El aire crudo de la mañana aguzaba su piadosa firmeza; y a menudo, mientras se arrodillaba entre los escasos fieles en el altar lateral, siguiendo con su devocionario de hojas intercaladas el murmullo del sacerdote, alzaba los ojos por un instante hacia la figura revestida que erguía en la penumbra entre los dos cirios, que eran el antiguo y el nuevo testamento, e imaginaba que estaba arrodillado en misa en las catacumbas.
Su vida diaria estaba estructurada en áreas devocionales. Mediante jaculatorias y oraciones acumulaba sin mezquindad para las almas del purgatorio siglos de días y cuarentenas y años; sin embargo, el triunfo espiritual que sentía al alcanzar con facilidad tantas edades fabulosas de penitencias canónicas no recompensaba del todo su celo de oración, ya que nunca pudo saber cuánto castigo temporal había condonado a modo de sufragio por las almas agonizantes; y temeroso de que en medio del fuego purgatorial, que solo se diferenciaba del infernal en que no era eterno, su penitencia no sirviera de más que una gota de humedad, impulsaba a su alma a diario a través de un círculo creciente de obras de supererogación.