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nydus/A Portrait of the Artist as a Young ManPublic
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III

¡Oh, qué castigo tan terrible! Una eternidad de agonía sin fin, de tormento corporal y espiritual sin fin, sin un solo rayo de esperanza, sin un solo momento de cesación, de agonía ilimitada en su intensidad, de tormento infinitamente variado, de tortura que sostiene eternamente aquello que eternamente devora, de angustia que devora sin cesar el espíritu mientras atormenta la carne, una eternidad, cada uno de cuyos instantes es en sí mismo una eternidad de aflicción.

Tal es el terrible castigo decretado para aquellos que mueren en pecado mortal por un Dios todopoderoso y justo.

―¡Sí, un Dios justo! Los hombres, razonando siempre como hombres, se asombran de que Dios inflinja un castigo eterno e infinito en las llamas del infierno por un solo pecado grave.

Razonan así porque, cegados por la cruda ilusión de la carne y por las tinieblas del entendimiento humano, son incapaces de comprender la horrenda malicia del pecado mortal.

Razonan así porque son incapaces de comprender que incluso el pecado venial es de una naturaleza tan abyecta y horrenda que, aun si el Creador omnipotente pudiera poner fin a todo el mal y a toda la miseria del mundo, a las guerras, las enfermedades, los robos, los crímenes, las muertes, los asesinatos, a condición de permitir que un solo pecado venial quedara sin castigo, un solo pecado venial, una mentira, una mirada de ira, un momento de pereza voluntaria, Él, el gran Dios omnipotente, no podría hacerlo, porque el pecado, ya sea de pensamiento o de obra, es una transgresión de Su ley y Dios no sería Dios si no castigase al transgresor.

―Un pecado, un instante de soberbia rebelión del intelecto, hizo caer de su gloria a Lucifer y a la tercera parte de la cohorte de los ángeles.

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