Destapó el plato con audacia y dijo:
―Bien, ¿quién quiere más pavo?
Nadie respondió. Dante dijo:
―¡Un vocabulario precioso para cualquier católico!
―Señora Riordan, se lo suplico ―dijo la señora Dedalus―, deje ya el asunto.
Dante se volvió hacia ella y dijo:
―¿Y voy a sentarme aquí a escuchar cómo se burla de los pastores de mi iglesia?
—Nadie dice una palabra en contra de ellos —dijo el señor Dedalus—, siempre y cuando no se metan en política.
—Los obispos y sacerdotes de Irlanda han hablado —dijo Dante—, y hay que obedecerles.
―Dejen que los políticos se ocupen de la política —dijo el señor Casey—, o la gente se ocupará de su propia Iglesia.
―¿Oyes? —dijo Dante, volviéndose hacia la señora Dedalus.
― ¡Señor Casey! ¡Simon! ―dijo la señora Dedalus―, dejad ya esa discusión.
―¡Qué lástima! ¡Qué lástima! —dijo el tío Charles.
―¿Qué? exclamó el señor Dedalus. ¿Íbamos a abandonarlo a instancias del pueblo inglés?
—Él ya no era digno de mandar, decía Dante. Era un pecador público.