―Me queda un latigazo por dar, Stephen, viejo amigo, dijo el señor Dedalus, removiendo el fuego apagado con fiera energía. Aún no estamos muertos, hijo. No, por el Señor Jesús (que Dios me perdone) ni medio muertos.
Dublín era una sensación nueva y compleja.
El tío Charles se había vuelto tan chocho que ya no se le podía enviar a hacer recados y el desorden al instalarse en la nueva casa dejó a Stephen más libre de lo que había estado en Blackrock.
Al principio se conformó con dar tímidos rodeos por la plaza vecina o, como mucho, avanzar hasta la mitad de una de las calles secundarias, pero cuando hubo trazado en su mente un mapa esquemático de la ciudad, siguió con audacia una de sus vías principales hasta llegar a la Aduana.
Pasaba sin que nadie lo molestara entre los muelles y a lo largo de los malecones, maravillándose ante la multitud de corchos que flotaban a la deriva en la superficie del agua formando una espesa espuma amarilla, ante las multitudes de descargadores, los carros estruendosos y los policías mal vestidos y barbudos.
La inmensidad y extrañeza de la vida que le sugerían los fardos de mercancías apilados a lo largo de los muros o izados desde las bodegas de los vapores despertaron de nuevo en él la inquietud que lo había llevado a vagar al caer la tarde de jardín en jardín en busca de Mercedes.
Y en medio de aquella nueva y bulliciosa vida, se habría creído en otra Marsella de no ser por la ausencia del cielo luminoso y de las celosías calientes de sol en las tabernas.
Una vaga insatisfacción creció en su interior mientras contemplaba los muelles, el río y los cielos amenazantes; y, sin embargo, siguió vagando de arriba abajo día tras día como si en verdad buscara a alguien que se le escapaba.