Él está ahí en el tabernáculo ardiendo de amor por la humanidad, dispuesto a consolar al afligido. No tengáis miedo. No importa cuán numerosos o cuán inmundos sean los pecados, si tan solo os arrepentís de ellos, os serán perdonados. Que ninguna vergüenza mundana os detenga. Dios sigue siendo el Señor misericordioso que no desea la muerte eterna del pecador, sino más bien que se convierta y viva.
—Él te llama hacia Sí. Tú eres Suyo. Él te hizo de la nada. Él te amó como solo un Dios puede amar. Sus brazos están abiertos para recibirte aun cuando has pecado contra Él. Ven a Él, pobre pecador, pobre pecador vano y errante. Ahora es el tiempo aceptable. Ahora es la hora.
El sacerdote se levantó y, volviéndose hacia el altar, se arrodilló en el escalón ante el tabernáculo en la penumbra descendente.
Esperó hasta que todos en la capilla se hubieron arrodillado y cesó hasta el más mínimo ruido.
Luego, levantando la cabeza, repitió el acto de contrición, frase por frase, con fervor. Los muchachos le respondieron frase por frase.
Stephen, con la lengua pegada al paladar, inclino la cabeza, rezando con el corazón.
―¡Oh, Dios mío!— ―¡Oh, Dios mío!— ―Me pesa de todo corazón— ―Me pesa de todo corazón— ―de haber ꟿfendido— ―de haber ofendido— ―y detesto mis pecados—