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nydus/A Portrait of the Artist as a Young ManPublic
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III

En el silencio, su fuego oscuro encendió la penumbra en un fulgor leonado.

El corazón de Stephen se había marchitado como una flor del desierto que siente venir el simún desde lejos.

— Acuérdate tan solo de tus postrimerías y no pecarás jamás —palabras tomadas, mis muy queridos hermanitos en Cristo, del libro del Eclesiastés, capítulo séptimo, versículo cuadragésimo. En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Stephen se sentó en el banco delantero de la capilla. El padre Arnall se sentó a una mesa a la izquierda del altar. Llevaba sobre los hombros una capa pesada; su rostro pálido estaba demacrado y su voz, quebrada por el romadizo.

La figura de su antiguo maestro, tan extrañamente resurgida, trajo de vuelta a la memoria de Stephen su vida en Clongowes:

  • los amplios patios de recreo, repletos de muchachos,
  • la zanja cuadrada,
  • el pequeño cementerio apartado de la avenida principal de tilos donde había soñado con ser enterrado,
  • la luz del fuego en la pared de la enfermería donde yacía enfermo,
  • el rostro apesadumbrado del hermano Michael.

Su alma, al volver a él estos recuerdos, se convirtió de nuevo en el alma de un niño.

—Estamos reunidos aquí hoy, mis queridos hermanitos en Cristo, durante un breve momento lejos del ajetreo y bullicio del mundo exterior para celebrar y honrar a uno de los más grandes santos, el apóstol de las Indias, patrono también de vuestro colegio, san Francisco Javier. Año tras año, durante mucho más tiempo del que ninguno de vosotros, mis queridos niños, puede recordar o del que yo mismo puedo recordar,

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