alma una sensación de sequedad espiritual junto con un cúmulo de dudas y escrúpulos. Su alma atravesó un periodo de desolación en el que los sacramentos mismos parecian haberse convertido en fuentes marchitas. Su confesión se convirtió en un canal para dar salida a imperfecciones escrupulosas y no arrepentidas. Su recepción real de la eucaristía no le traía esos mismos momentos de disolución y entrega virginal que aquellas comuniones espirituales que él realizaba a veces al término de alguna visita al Santísimo Sacramento.
El libro de que se servía para estas visitas era un libro viejo y descuidado, escrito por san Alfonso María de Ligorio, de caracteres borrosos y resecas páginas ajamadas de manchas de humedad.
Un mundo desvaído de amor ferviente y respuestas virginales parecía evocarle a su alma la lectura de aquellas páginas en las que las imágenes de los cánticos se entrelazaban con las oraciones del comulgante.
Una voz inaudible parecía acariciar el alma, diciéndole nombres y glorias, ordenándole que se levantara como para unas nupcias y se fuera, ordenándole que mirase, esposa, desde Amana y desde los montes de los leopardos; y el alma parecía responder con la misma voz inaudible, rindiéndose:
Inter ubera mea commorabitur.
Esta idea de la rendición ejercía una atracción peligrosa sobre su mente ahora que sentía su alma asediada una vez más por las voces insistentes de la carne, que empezaban a murmurarle de nuevo durante sus oraciones y meditaciones. Le producía una intensa sensación de poder saber que podía, mediante un solo acto de consentimiento, en un momento de pensamiento,