de flores blancas; y a la luz de la mañana las pálidas llamas de las velas entre las flores blancas eran claras y silenciosas como su propia alma.
Se arrodilló ante el altar con sus compañeros de clase, sosteniendo el mantel del altar junto con ellos sobre una barandilla viva de manos. Sus manos temblaban y su alma temblaba al oír al sacerdote pasar con el copón de comulgante en comulgante.
—Corpus Domini nostri.
¿Podría ser? Estaba allí arrodillado, sin pecado y tímido; y mantendría sobre su lengua la hostia y Dios entraría en su cuerpo purificado.
—In vitam eternam. Amen.
¡Otra vida! ¡Una vida de gracia, virtud y felicidad! Era verdad. No era un sueño del que fuera a despertar. El pasado, pasado estaba.
—Corpus Domini nostri.
El copón había llegado a sus manos.