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nydus/A Portrait of the Artist as a Young ManPublic
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IV. Weekly Devotions

A lo lejos, a lo largo del curso del lento Liffey, esbeltos mástiles salpicaban el cielo y, más distante aún, la tenue fábrica de la ciudad yacía tendida en la bruma. Como una escena en un tapiz difuso, tan viejo como el cansancio del hombre, la imagen de la séptima ciudad de la cristiandad se le hacía visible a través del aire intemporal, ni más vieja ni más cansada ni menos paciente de sujeción que en los días del thingmote.

Desalentado, levantó los ojos hacia las nubes que derivaban lentamente, moteadas y marinas.

Viajaban a través de los desiertos del cielo, una hueste de nómadas en marcha, viajando muy alto sobre Irlanda, con rumbo al oeste.

La Europa de donde venían yacía allá afuera, más allá del mar de Irlanda, la Europa de lenguas extrañas y abajada y ceñida de bosques y amurallada y de razas atrincheradas y formadas.

Oyó dentro de sí una música confusa, como de recuerdos y nombres de los que apenas era consciente pero que no podía capturar ni por un instante; luego la música pareció retroceder, retroceder, retroceder, y de cada rastro que reculaba de música nebulosa caía siempre una nota larga y penetrante, que perforaba como una estrella la penumbra del silencio.

¡Otra vez! ¡Otra vez! ¡Otra vez!

Una voz de más allá del mundo estaba llamando.

―Hello, Stephanos!

―¡Ahí viene The Dedalus!

―¡Ao!⁠ ⁠… Eh, dáselo, Dwyer, te lo digo, o te voy a dar un buen puñetazo en toda la jeta.⁠ ⁠… ¡Ao!

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