Permanecía de pie con sus dos compañeros al final del cobertizo, escuchando ociosamente la conversación de estos o las ráfagas de aplausos en el teatro.
Ella estaba sentada allí entre los demás, tal vez esperando a que él apareciera. Intentó recordar su aspecto, pero no pudo. Solo lograba recordar que había llevado un chal alrededor de la cabeza a modo de capucha y que sus oscuros ojos lo habían invitado y turbado.
Se preguntó si él habría estado en los pensamientos de ella como ella había estado en los suyos. Entonces, en la oscuridad y sin ser visto por los otros dos, apoyó las yemas de los dedos de una mano sobre la palma de la otra, apenas rozándola con ligereza. Pero la presión de los dedos de ella había sido más ligera y firme: y de repente el recuerdo de su tacto atravesó su cerebro y su cuerpo como una ola invisible.
Un muchacho vino hacia ellos, corriendo por debajo del cobertizo. Estaba emocionado y sin aliento.
―¡Eh, Dedalus —gritó—, Doyle está que trina contigo! Tienes que entrar ahora mismo a vestirte para la obra. Date prisa, más te vale.
—Ya viene, —dijo Heron al mensajero con un aire condescendiente y remilgado—, cuando le da la gana.
El chico se volvió hacia Heron y repitió:
—Pero Doyle está en un apuro terrible.
―¿Quiere decirle a Doyle, con mis mejores cumplimientos, que me cago en sus muertos? —respondió Heron.
―Well, I must go now, said Stephen, who cared little for such points of honour.