locales. La mayor parte del tiempo hablaban de cosas distintas cuando se mencionaba un nombre, pues el camarero tenía en mente al titular actual y Mr. Dedalus a su padre o tal vez a su abuelo.
—Bueno, espero que al menos no hayan mudado el Queen’s College —dijo el señor Dedalus—, porque quiero enseñárselo a este mocoso mío.
A lo largo del Mardyke los árboles estaban en flor. Entraron en los terrenos del colegio y el locuaz conserje los guio a través del cuadrángulo. Pero su avance por la gravilla se veía interrumpido cada doce pasos más o menos por alguna réplica del conserje.
―¿Ah, me dices eso? ¿Y ha muerto el pobre Panza de Cántaro?
—Sí, señor. Muerto, señor.
Durante estas paradas Stephen se quedaba torpemente detrás de los dos hombres, cansado del tema y esperando con impaciencia a que la lenta marcha se reanudara.
Para cuando hubieron cruzado el cuadrángulo, su impaciencia había llegado a la fiebre. Se preguntaba cómo su padre, a quien sabía un hombre astuto y desconfiado, se dejaba engañar por los modales serviles del bedel; y el animado discurso sureño que lo había entretenido toda la mañana le irritaba ahora los oídos.
Entraron en el anfiteatro anatómico, donde el señor Dedalus, ayudado por el conserje, buscó sus iniciales en los pupitres. Stephen se quedó en segundo plano, deprimido más que nunca por la oscuridad y el silencio del anfiteatro y por el aire que exhalaba de estudio fatigado y formal. Sobre el pupitre leyó la palabra Fœtus, grabada varias veces en la madera oscura y manchada. La repentina inscripción le heló la sangre: le pareció sentir a los ausentes estudiantes del colegio a su alrededor y rehuir su compañía. Una