Pero a él los ojos de ninguna mujer lo habían seducido.
Le agarraron el brazo con fuerza y la voz de Cranly dijo:
—Vayámonos también.
Caminaron hacia el sur en silencio. Luego Cranly dijo:
―¡Ese imbécil rematado de Temple! Te lo juro por Dios, ¿sabes?, que algún día voy a acabar matando a ese tipo.
Pero su voz ya no estaba enfadada y Stephen se preguntó si estaría pensando en el saludo que ella le había dado bajo el pórtico.
Se volvieron a la izquierda y siguieron caminando como antes. Cuando hubieron avanzado así durante un rato, Stephen dijo:
―Cranly, esta noche he tenido una discusión desagradable.
—¿Con tu gente? —preguntó Cranly.
―Con mi madre.
―¿Sobre religión?
―Sí —respondió Stephen.
Después de una pausa, Cranly preguntó:
―¿Qué edad tiene tu madre?
—No es vieja, dijo Stephen. Desea que cumpla con el precepto pascual.
—¿Y lo harás?
—No lo haré, dijo Stephen.
―¿Por qué no? —dijo Cranly.