—Nosotros tenemos razón —dijo—, y los demás están equivocados. Hablar de estas cosas y tratar de comprender su naturaleza y, habiéndola comprendida, tratar lenta, humildemente y sin cesar de expresar, de exprimir de nuevo, de la burda tierra o de lo que ella produce, del sonido, de la forma y del color, que son las puertas de la prisión de nuestra alma, una imagen de la belleza que hemos llegado a comprender; eso es el arte.
Habían llegado al puente del canal y, desviándose de su ruta, continuaron junto a los árboles. Una luz gris y tosca, reflejada en el agua perezosa, y un olor a ramas húmedas sobre sus cabezas parecían luchar contra el curso de los pensamientos de Stephen.
—Pero no has respondido a mi pregunta —dijo Lynch—. ¿Qué es el arte? ¿Qué es la belleza que expresa?
―Esa fue la primera definición que te di, cabezota soñoliento —dijo Stephen—, cuando empecé a intentar resolver el asunto por mí mismo. ¿Te acuerdas de aquella noche? A Cranly se le saltaron las pulgas y empezó a hablar del tocino de Wicklow.
―Me acuerdo —dijo Lynch—. Nos habló de aquellos cerdos demoníacos envueltos en llamas.
—El arte, dijo Stephen, es la disposición humana de una materia sensible o inteligible con un fin estético. Os acordáis de los cerdos y olvidáis eso. Sois una pareja desconcertante, tú y Cranly.
Lynch hizo una mueca ante el cielo gris y crudo y dijo:
—Si tengo que escuchar tu filosofía estética, dame al menos otro cigarrillo. No me importa. Ni siquiera me importan las mujeres. Maldito seas tú y maldito sea todo. Quiero un empleo de quinientos al año. No puedes conseguirme uno.
Stephen le entregó el paquete de cigarrillos. Lynch cogió el último que quedaba, diciendo simplemente: