Y cuando nos casemos, oh, qué felices seremos pues amo a la dulce Rosie O’Grady y Rosie O’Grady me ama a mí.
—Ahí tienes verdadera poesía —dijo—. Ahí tienes amor verdadero.
Miró de soslayo a Stephen con una extraña sonrisa y dijo:
—¿Consideras eso poesía? ¿O sabes lo que significan las palabras?
—Quiero ver a Rosie primero —dijo Stephen.
―Es fácil de encontrar, dijo Cranly.
Su sombrero se le había venido a la frente. Se lo echó hacia atrás y, a la sombra de los árboles, Stephen vio su rostro pálido, enmarcado por la oscuridad, y sus grandes ojos oscuros.
Sí.
Su rostro era apuesto y su cuerpo, fuerte y duro. Había hablado del amor de una madre. Salió entonces al encuentro de los sufrimientos de las mujeres, de las flaquezas de sus cuerpos y almas: y las protegería con un brazo fuerte y resuelta y doblegaría ante ellas su mente.
Pues ea: es hora de irse.
Una voz le habló con suavidad al solitario corazón de Stephen, instándole a marchar y diciéndole que su amistad tocaba a su fin.
Sí; se iría. No podía luchar contra otro. Conocía su papel.
―Probablemente me vaya, dijo él.
—¿Dónde? —preguntó Cranly.
—Donde puedo —dijo Stephen.