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nydus/A Portrait of the Artist as a Young ManPublic
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III

Y eso no era todo. Aún faltaba que la justicia de Dios se vindicara ante los hombres: después del juicio particular quedaba aún el juicio general.

El último día había llegado. El Juicio Final era inminente. Las estrellas del cielo caían sobre la tierra como los higos que arroja la higuera sacudida por el viento. El sol, la gran lumbrera del universo, se había vuelto como un sayal de pelo. La luna era roja como la sangre. El firmamento era como un pergamino enrollado.

El arcángel Miguel, príncipe de las huestes celestiales, apareció glorioso y terrible contra el cielo. Con un pie en el mar y un pie en la tierra, hizo sonar en la trompeta arcangélica la muerte de bronce del tiempo. Las tres notas del ángel llenaron todo el universo.

El tiempo es, el tiempo fue, mas el tiempo no será jamás.

Al último clarinazo, las almas de la humanidad universal confluyen hacia el valle de Josafat: ricos y pobres, hidalgos y plebeyos, sabios e ignorantes, buenos y malvados.

El alma de cada ser humano que haya existido jamás, las almas de todos aquellos que aún han de nacer, todos los hijos e hijas de Adán, todos se reúnen en ese día supremo.

Y he aquí que ¡viene el juez supremo! Ya no el humilde Cordero de Dios, ya no el apacible Jesús de Nazaret, ya no el Varón de Dolores, ya no el Buen Pastor, se le ve ahora venir sobre las nubes, con gran poder y majestad, acompañado por nueve coros de ángeles, ángeles y arcángeles, principados, potestades y virtudes, tronos y dominaciones, querubines y serafines, Dios Omnipotente, Dios Eterno. Él habla: y su voz se deja oír hasta en los confines más remotos del espacio, aun en el abismo sin fondo. Juez supremo, de su sentencia no habrá ni puede haber apelación.

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