Aun así, creía que en alguna etapa futura de su progreso espiritual esta dificultad se disiparía una vez que su alma pecadora hubiera sido levantada de su debilidad e iluminada por la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Lo creía aún más, y con temblor, debido a la oscuridad y el silencio divinos en que moraba el invisibles Paráclito, cuyos símbolos eran una paloma y un viento impetuoso, pecar contra el cual era un pecado imperdonable, el eterno y misterioso Ser secreto a quien, como Dios, los sacerdotes ofrecían la misa una vez al año, revestidos con el escarlata de las lenguas de fuego.
Las imágenes mediante las cuales la naturaleza y parentesco de las Tres Personas de la Trinidad se prefiguraban oscuramente en los libros de devoción que leía —el Padre contemplando desde toda la eternidad como en un espejo Sus Perfecciones Divinas y engendrando así eternamente al Hijo Eterno y el Espíritu Santo procediendo del Padre y del Hijo desde toda la eternidad— resultaban más fáciles de aceptar por su mente debido a su augusta incomprensibilidad que el simple hecho de que Dios hubiera amado su alma desde toda la eternidad, eones antes de que él hubiera nacido al mundo, eones antes de que el mundo mismo hubiera existido.
Había oído pronunciar solemnemente los nombres de las pasiones del amor y del odio en el escenario y en el púlpito, los había visto expuestos solemnemente en los libros y se había preguntado por qué su alma era incapaz de abrigarlos durante mucho tiempo o de obligar a sus labios a pronunciar sus nombres con convicción. Una breve ira lo había invadido a menudo, pero nunca había sido capaz de convertirla en una pasión duradera y siempre se había sentido salir de ella como si su propio cuerpo se estuviera despojando con facilidad de alguna piel o corteza exterior.