―¿Cree usted en Jesús? Yo creo en el hombre. Claro que no sé si usted cree en el hombre. Lo admiro a usted, señor. Admiro la mente del hombre independientemente de todas las religiones. ¿Es esa su opinión sobre la mente de Jesús?
—Anda, Temple —dijo el estudiante fornido y de tez rubicunda, volviendo, como era su costumbre, a su idea original—, esa pinta te está esperando.
—Él piensa que soy un imbécil —le explicó Temple a Stephen—, porque creo en el poder de la mente.
Cranly pasó sus brazos bajo los de Stephen y su admirador y dijo:
― Nos ad manum ballum jocabimus.
Stephen, en el acto de ser apartado, divisó el rostro enrojecido y de rasgos toscos de MacCann.
―Mi firma no tiene importancia —dijo cortésmente—. Haces bien en seguir tu camino. Déjame seguir el mío.
―Dedalus, dijo MacCann con sequedad, creo que eres un buen tipo, pero aún te falta aprender la dignidad del altruismo y la responsabilidad del individuo humano.
Una voz dijo:
―Las excentricidades intelectuales están mejor fuera de este movimiento que dentro de él.
Stephen, al reconocer el tono áspero de la voz de MacAlister, no se volvió en dirección a la voz. Cranly se abrió paso solemnemente entre la muchedumbre de estudiantes, tomando del brazo a Stephen y a Temple como un