fabulosos, esculpidas en piedra. Tienen las manos cruzadas sobre las rodillas en señal de cansancio y los ojos ensombrecidos porque los errores de los hombres ascienden ante ellos eternamente como vapores oscuros. Figuras extrañas avanzan como saliendo de una cueva. No son tan altas como los hombres. Ninguna parece estar del todo separada de las demás. Sus rostros son fosforescentes, con vetas más oscuras. Me escudriñan y sus ojos parecen preguntarme algo. No hablan.
30 de marzo: Esta tarde Cranly estaba en el pórtico de la biblioteca, proponiéndole un problema a Dixon y a su hermano. Una madre deja caer a su hijo al Nilo. Sigue erre que erre con la madre. Un cocodrilo se lleva al niño. La madre le pide que se lo devuelva. El cocodrilo dice que de acuerdo si ella le adivina qué va a hacer con el niño, si comérselo o no comérselo.
Esta mentalidad, diría Lépidus, nace en verdad de vuestro fango por la acción de vuestro sol.
¿Y la mía? ¿Acaso no también? ¡Pues al fango del Nilo con ella!
1 de abril: Desapruebo esta última frase.
2 de abril: La vi tomando té y comiendo bizcochos en el local de Johnston, Mooney y O’Brien. Mejor dicho, el lince de Lynch la vio al pasar. Me dice que el hermano invitó a Cranly allí. ¿Llevó a su cocodrilo? ¿Es él ahora la lumbrera? Bueno, yo lo descubrí. Protesto que fui yo. Brillando discretamente tras un celemín de salvavidas de Wicklow.