—Un viejo caballero —dijo Stephen con vulgaridad—, que dijo que el alma se parece mucho a un cubo lleno de agua.
—Nos cuenta a su llana manera —prosiguió el deán— que colocó una lámpara de hierro ante la estatua de uno de los dioses y que un ladrón robó la lámpara. ¿Qué hizo el filósofo? Pensó que era propio del carácter de un ladrón robar y decidió comprar al día siguiente una lámpara de barro en vez de la lámpara de hierro.
Un olor a sebo derretido ascendía de los cabos de vela del decano y se fundía en la consciencia de Stephen con el tintineo de las palabras, cubo y lámpara y lámpara y cubo.
La voz del sacerdote tenía también un tono áspero y tintineante. La mente de Stephen se detuvo por instinto, frenada por aquel tono extraño y por las imágenes y por el rostro del sacerdote, que parecía una lámpara apagada o un reflector colgado en un foco falso.
¿Qué había detrás o dentro de él? ¿Un torpor lúgubre del alma o la pesadez del nubarrón, cargado de intelección y capaz de la penumbra de Dios?
―Me refería a otra clase de lámpara, señor, dijo Stephen.
—Sin duda —dijo el decano.
—Una dificultad, dijo Stephen, en la discusión estética es saber si las palabras se están usando según la tradición literaria o según la tradición del mercado.
Recuerdo una frase de Newman en la que dice de la Santísima Virgen que fue detenida en la compañía plena de los santos. El uso de la palabra en el mercado es bastante diferente. Espero no estar deteniéndoles.
―En lo más mínimo —dijo el decano cortésmente.