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nydus/A Portrait of the Artist as a Young ManPublic
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III

En el último momento de la conciencia, toda la vida terrenal pasó ante la visión del alma y, antes de que esta tuviera tiempo de reflexionar, el cuerpo había muerto y el alma se hallaba aterrorizada ante el tribunal del juicio. Dios, que había sido misericordioso durante mucho tiempo, sería entonces justo. Había sido paciente durante mucho tiempo, suplicando al alma pecadora, dándole tiempo para arrepentirse, perdonándola aún un poco más. Pero ese tiempo se había acabado.

Tiempo hubo para pecar y para gozar, tiempo hubo para burlarse de Dios y de las advertencias de Su santa iglesia, tiempo hubo para desafiar Su majestad, para desobedecer Sus mandamientos, para embaucar al prójimo, para cometer pecado tras pecado y para ocultar la propia corrupción a los ojos de los hombres.

Pero ese tiempo había terminado. Ahora le tocaba el turno a Dios: y a Él no se le podía embaucar ni engañar. Todo pecado saldría entonces de su escondite, desde el más rebelde contra la voluntad divina y el más degradante para nuestra pobre naturaleza corrupta, hasta la más pequeña imperfección y la más atroz infamia.

¿De qué servía entonces haber sido un gran emperador, un gran general, un inventor maravilloso, el más culto de los hombres cultos?

Todos eran iguales ante el tribunal de Dios. Él premiaría al bueno y castigaría al malvado.

Un solo instante bastaba para el juicio del alma de un hombre. Un solo instante después de la muerte del cuerpo, el alma había sido pesada en la balanza. El juicio particular había terminado y el alma había pasado a la morada de la bienaventuranza o a la prisión del purgatorio o había sido arrojada aullando al infierno.

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