deshacer todo lo que había hecho. Le parecía sentir una marea que avanzaba lentamente hacia sus pies desnudos y estar esperando a que la primera ola tímida, leve y silenciosa tocara su piel febril. Entonces, casi en el instante de ese toque, casi en el borde del consentimiento pecaminoso, se encontraba de pie muy lejos de la marea, sobre una orilla seca, salvado por un repentino acto de voluntad o una súbita jaculatoria; y, al ver la línea plateada de la inundación a lo lejos y comenzando de nuevo su lento avance hacia sus pies, una nueva emoción de poder y satisfacción sacudió su alma al saber que no había ceder ni lo había deshecho todo.
Cuando hubo eludido de este modo el torrente de la tentación muchas veces, se sintió turbado y se preguntó si la gracia que se había negado a perder no le estaría siendo hurtada poco a poco.
La clara certidumbre de su propia inmunidad se fue desvaneciendo y a ella le sucedió un vago temor de que su alma en verdad hubiera caído sin darse cuenta. Con dificultad reconquistó su antigua conciencia de su estado de gracia repitiéndose que había rezado a Dios en cada tentación y que la gracia por la que había rezado tenía que habérsele concedido puesto que Dios estaba obligado a concederla.
La frecuencia misma y la violencia de las tentaciones le demostraron al fin la verdad de lo que había oído acerca de las pruebas de los santos. Las tentaciones frecuentes y violentas eran una prueba de que la ciudadela del alma no había caído y de que el demonio se enfurecía para hacerla caer.
A menudo, cuando había confesado sus dudas y escrúpulos —cierta falta momentánea de atención en la oración, un movimiento de ira trivial en su alma o una sutil terquedad en la palabra o en el acto—, su confesor le ordenaba que mencionara algún pecado de su vida pasada antes de concederle la absolución.