nombre apuntado, un montón de nosotros, Harry Peard y el pequeño Jack Mountain y Bob Dyas y Maurice Moriarty, el francés, y Tom O'Grady y Mick Lacy, del que te hablé esta mañana, y Joey Corbet y el pobre Johnny Keevers, de los Tantiles, que era un buenazo.
Las hojas de los árboles a lo largo del Mardyke se agitaban y susurraban bajo la luz del sol.
Un equipo de jugadores de críquet pasó, jóvenes ágiles con pantalones de franela y blazers, uno de ellos cargando la larga bolsa verde de los wickets.
En una callejuela tranquila, una banda alemana de cinco músicos con uniformes descoloridos y abollados instrumentos de metal tocaba ante un público de golfillos callejeros y mensajeros sin prisa.
Una criada con cofia y delantal blancos estaba regando una jardinera en un alféizar que brillaba como una losa de piedra caliza bajo el cálido fulgor.
Desde otra ventana abierta al aire llegaba el sonido de un piano, escala tras escala ascendiendo hacia los agudos.
Stephen caminaba al lado de su padre, escuchando historias que ya había oído antes, oyendo de nuevo los nombres de los juerguistas dispersos y muertos que habían sido los compañeros de juventud de su padre. Y una leve náusea suspiró en su corazón. Recordaba su propia posición equívoca en Belvedere, un muchacho libre, un líder temeroso de su propia autoridad, orgulloso, sensible y suspicaz, batallando contra la miseria de su vida y contra el tumulto de su mente. Las letras grabadas en la madera manchada del pupitre lo miraban fijamente, burlándose de su debilidad corporal y de sus fútiles entusiasmos, y haciéndole aborrecerse a sí mismo por sus propias locas y sucias orgías.