qué asustarte. No hay nadie más que nosotros dos. … Yo no entré, Stevie. Le di las gracias y seguí mi camino, todo sofocado. En la primera curva del camino miré atrás y ella seguía de pie en la puerta.
Las últimas palabras de la historia de Davin resonaban en su memoria y la figura de la mujer del cuento se destacaba reflejada en otras figuras de campesinas que él había visto de pie en los umbrales de las puertas en Clane al pasar los coches del colegio, como un arquetipo de su raza y de la suya propia, un alma semejante a un murciélago que despierta a la conciencia de sí misma en la oscuridad, en el secreto y en la soledad y, a través de los ojos, la voz y el gesto de una mujer sin doblez, llamando al extraño a su lecho.
Una mano se posó en su brazo y una voz joven gritó:
—¡Ah, caballero, su propia muchacha, señor! La primera venta de hoy, caballero. Compre ese hermoso ramo. ¿Quiere, caballero?
Las flores azules que ella levantaba hacia él y sus jóvenes ojos azules le parecieron en aquel instante imágenes de ingenuidad, y se detuvo hasta