—¡Buen chico, Towser! ¡Sumérgelo!
—¡Ven, Dedalus! ¡Bous Stephanoumenos! ¡Bous Stephaneforos!
―¡Sumérgelo! ¡Trágatelo ahora, Towser!
―¡Socorro! ¡Socorro! … ¡Ao!
Reconocía el sonido de sus voces en conjunto antes de distinguir sus rostros. La mera visión de aquella mezcla de desnudo verdor mojado lo helaba hasta los huesos. Sus cuerpos, de blancura cadavérica o teñidos de una pálida luz dorada o tostados en crudo por el sol, brillaban con la humedad del mar.
Su trampolín de piedra, apoyado sobre burdos soportes y tambaleándose bajo sus saltos, y las piedras toscamente labradas del espigón inclinado por el que trepaban en sus juegos bruscos brillaban con un brillo frío y húmedo. Las toallas con las que se azotaban el cuerpo pesaban por el agua fría del mar; y empapado de fría salmuera estaba su pelo enmarañado.
Se detuvo en deferencia a sus llamadas y respondió a sus bromas con palabras fáciles.
¡Qué desprovistos de carácter parecían: Shuley sin su profundo cuello desabrochado, Ennis sin su cinturón escarlata con el broche de serpiente, y Connolly sin su chaqueta Norfolk sin solapa en los bolsillos laterales!
Daba pena verlos, y era un dolor punzante como una espada ver los signos de la adolescencia que hacían repulsiva su penosa desnudez. Tal vez se habían refugiado en el número y en el ruido del temor secreto de sus almas. Pero él, apartado de ellos y en silencio, recordaba cuán temeroso se hallaba del misterio de su propio cuerpo.
—¡Stephanos Dedalos! ¡Bous Stephanoumenos! ¡Bous Stephaneforos!