¡Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus
Bajó por el pasillo de la capilla, con las piernas temblorosas y el cuero cabelludo estremeciéndose como si hubiera sido tocado por dedos fantasmales.
Subió por la escalera y entró en el corredor a lo largo cuyas paredes los abrigos y los impermeables colgaban como malhechores ajusticiados en la horca, sin cabeza, chorreantes y amorfos.
Y a cada paso temía haber muerto ya, que su alma hubiera sido arrancada de la vaina de su cuerpo, que estuviera precipitando su caída a través del espacio.
No pudo aferrar los pies al suelo y se dejó caer pesadamente en el pupitre, abriendo uno de sus libros al azar y devorándolo con la vista. Cada palabra para él. Era verdad. Dios era todopoderoso. Dios podía llamarlo ahora, llamarlo mientras estaba sentado en su escritorio, antes de que tuviera tiempo de ser consciente del aviso.
Dios lo había llamado. ¿Sí? ¿Qué? ¿Sí?
Su carne se contrajo al sentir la aproximación de las lenguas voraces de las llamas, se marchitó al percibir a su alrededor el remolino de aire sofocante. Había muerto. Sí. Había sido juzgado.
Una ola de fuego recorrió su cuerpo: la primera. Otra vez una ola. Su cerebro empezó a arder. Otra. Su cerebro bullía y burbujeaba dentro de la vivienda agrietada del cráneo. Unas llamas brotaron de su cabeza como una corola, chillando como voces:
—¡Infierno! ¡Infierno! ¡Infierno! ¡Infierno! ¡Infierno!
Voces hablaban cerca de él: