sentido para liberar sus pies de las cadenas de la conciencia reformada, dio con la burlesca estatua del poeta nacional de Irlanda.
Lo miró sin ira; porque, aunque la pereza del cuerpo y del alma se arrastraba sobre él como sabandijas invisibles, sobre los pies arrastrados y por los pliegues de la capa y alrededor de la cabeza servil, parecía conscientemente humilde de su indignidad.
Era un Firbolg con la capa prestada de un milesio; y pensó en su amigo Davin, el estudiante campesino. Era un nombre de broma entre ellos, pero el joven campesino lo llevaba con ligereza:
―Sigue, Stevie, tengo la cabeza dura, cuéntamelo. Llámame como quieras.
La variante familiar de su nombre de pila en los labios de su amigo le había resultado grata a Stephen la primera vez que la oyó, pues él era tan formal al hablar con los demás como ellos con él. A menudo, mientras estaba sentado en la habitación de Davin en Grantham Street, admirando las botas bien hechas de su amigo que bordeaban la pared par tras par y