—A propósito —dijo al fin el señor Dedalus—, el rector, o mejor dicho, el provincial, me estaba contando esa historia de ti y el padre Dolan. Eres un ladrón insolente, me dijo.
—¡Ay, no lo hizo, Simon!
—¡Él no! —dijo el señor Dedalus—. Pero me dio pelos y señales de todo el asunto. Estábamos charlando, ya sabes, y una palabra lleva a la otra. Y, a propósito, ¿quién crees que me dijo que va a conseguir ese puesto en el ayuntamiento? Pero eso te lo diré después. Bueno, como iba diciendo, estábamos charlando tan amigos y me preguntó si nuestro amigo de aquí llevaba gafas todavía, y entonces me contó toda la historia.
―¿Y estaba molesto, Simon?
—¿Molesto? ¡Él no! ¡Un muchachito muy varonil!, dijo.
El señor Dedalus imitó el tonito afectado y gangoso del provinciano.
El padre Dolan y yo, cuando se lo conté a todos en la cena, el padre Dolan y yo nos reímos muchísimo con eso.
Más te vale andarte con cuidado, padre Dolan —le dije—, o el joven Dedalus te va a mandar a la sombra por dos veces nueve.
Nos pegamos una risa famosa a cuenta de eso. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja!
El señor Dedalus se volvió hacia su esposa y apostrofó con su voz natural:
—¡Te muestra el espíritu con que llevan allí a los muchachos! ¡Ah, un jesuita para toda la vida, en materia de diplomacia!
Retomó la voz del provincial y repitió:
—Se lo conté a todos en la cena y el padre Dolan y yo y todos nosotros nos echamos unas buenas risas juntos por eso. ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!