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nydus/A Portrait of the Artist as a Young ManPublic
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III

Hacia los demás no sentía ni vergüenza ni temor. Los domingos por la mañana, al pasar por la puerta de la iglesia, miraba con frialdad a los fieles que aguardaban con la cabeza descubierta, en cuatro filas de fondo, fuera del templo, presentes en espíritu en la misa que no podían ni ver ni oír. Su devoción roma y el olor enfermizo a brillantina barata con que se habían ungido la cabeza lo repelían del altar ante el cual rezaban. Se rebajaba al vicio de la hipocresía con los demás, escéptico ante la inocencia de aquellos a quienes podía embaucar con tanta facilidad.

En la pared de su dormitorio colgaba un pergamino iluminado, el diploma de su prefectura en el colegio de la congregación de la Santísima Virgen María.

Los sábados por la mañana, cuando la congregación se reunía en la capilla para recitar el pequeño oficio, su sitio era un reclinatorio acolchado a la derecha del altar desde el cual guiaba a su ala de muchachos en las respuestas. La falsedad de su posición no le dolía.

Si por momentos sentía el impulso de levantarse de su puesto de honor y, confesando ante todos su indignidad, abandonar la capilla, una mirada a sus rostros lo contenía. Las imágenes de los salmos proféticos calmaban su orgullo estéril.

Las glorias de María cautivaban su alma: nardo, mirra e incienso, que simbolizaban su linaje real; sus emblemas, la planta de floración tardía y el árbol de brote tardío, que simbolizaban el prolongado crecimiento gradual de su culto entre los hombres.

Cuando le tocaba leer la lección hacia el final del oficio, la leía con voz velada, adormeciendo su conciencia con su música.

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