trigonometría. Cuando estaban muertas quedaban tendidas sobre un costado. Sus pelajes se secaban entonces. Eran solo cosas muertas.
El prefecto estaba allí otra vez y era su voz la que decía que tenía que levantarse, que el padre vicario había dicho que tenía que levantarse, vestirse e ir a la enfermería. Y mientras se vestía tan rápido como podía, el prefecto dijo:
—¡Debemos largarnos a ver al hermano Miguel porque tenemos retorcijones!
Fue muy amable de su parte decir eso. Todo era para hacerlo reír. Pero no podía reír porque tenía las mejillas y los labios temblorosos: y entonces el prefecto tuvo que reírse solo.
El prefecto exclamó:
―¡Marche! ¡Pie izquierdo! ¡Pie derecho!
Bajaron juntos por la escalera, recorrieron el pasillo y pasaron junto al baño. Al pasar por la puerta recordó con un miedo vago el agua turbia y tibia de la turbera, el aire tibio y húmedo, el ruido de los chapuzones, el olor de las toallas, semejante al de la medicina.
El hermano Miguel estaba de pie en la puerta de la enfermería y de la puerta del armario oscuro a su derecha salía un olor a medicina. Venía de los frascos en los estantes.
El prefecto le habló al hermano Miguel y el hermano Miguel respondió y llamó señor al prefecto. Tenía el pelo rojizo mezclado con canas y un aspecto extraño. Era extraño que siempre fuera a ser un hermano. Era extraño también que no pudieras llamarle señor porque era un hermano y tenía una clase de aspecto diferente. ¿Acaso no era lo bastante santo o por qué no podía alcanzar a los demás?