¡La campana! ¡La campana! ¡Adiós! ¡Oh, adiós!
La fría luz del sol era más débil y el hermano Michael estaba de pie junto a su cama con un tazón de consomé de ternera.
Se alegró, pues tenía la boca seca y caliente. Oía a los chicos jugar en los patios. Y el día transcurría en el colegio exactamente igual que si él estuviera allí.
Luego el hermano Michael se iba y el tipo de tercero de gramática le dijo que procurara volver y contarle todas las noticias del periódico.
Le dijo a Stephen que se llamaba Athy y que su padre tenía un montón de caballos de carreras que eran unos saltadores cañón y que su padre le daría una buena propina al hermano Michael cada vez que quisiera porque el hermano Michael era muy legal y siempre le contaba las noticias del periódico que recibían todos los días allá arriba en el castillo.
Había toda clase de noticias en el periódico: accidentes, naufragios, deportes y política.
—Ahora en los periódicos todo es política —dijo—. ¿Los tuyos también hablan de eso?
—Sí, dijo Stephen.
—El mío también, dijo él.
Luego pensó por un momento y dijo:
―Tienes un nombre raro, Dedalus, y yo también tengo un nombre raro, Athy. Mi nombre es el nombre de un pueblo. Tu nombre es como el latín.